MARTIUDS

Los días han pasado y, durante este tiempo, Anicka ha estado llenando de información el videojuego. Lo primero que ha hecho ha sido crear una representación de su aldea e invitar a sus amigos del cole a tomar el té.

Progresivamente, los niños han ido sumándose al juego, y, poco a poco también, este se ha ido llenando de normas consensuadas por todos sus participantes.

Uno de ellos ha puesto una meta-norma, esto es, una norma que reflexiona sobre el hecho de poner normas, y ha dicho que habrá dos tipos de normas, las normas abiertas y las normas cerradas.

Las normas que son abiertas pueden ser seguidas o no por el resto de la comunidad, pero aquellas que son cerradas tienen que ser seguidas por todo el mundo.

Ejemplo de las primeras, es la norma de que todo el mundo puede dormir, si quiere, con su peluche, o también, la de que todo el mundo puede incluir en el vídeojuego un avatar para las mascotas de la casa. Ejemplo de las segundas es la norma que hoy ha puesto una amiga de Anicka y con la que se ha liado una buena.

Mills, que así se llama la mejor amiga de Anicka de la escuela, ha propuesto la norma de que nadie pueda mandar sobre nadie en el universo de Tabula Rasa, y este hecho ha sumido a la pequeña comunidad en su primer conflicto social.

En estos momentos, ríos y ríos de bits están corriendo por las venas del Hacedor sin que este pueda llegar al consenso total, al mismo tiempo, el comité de sabios no para de recibir consultas de los niños sobre tan delicado asunto.

Lo cierto es que tal y como está diseñado el juego, si no se llega a un acuerdo, algunos módulos imprescindibles para el buen funcionamiento de la comunidad dejan de estar habilitados, con lo que el tema urge y más de un niño está ahora levantado, a escondidillas, con el edredrón encima en forma de tienda de campaña, intentando convencer a los demás de su posición, para así ir ganando consensos a través del debate.

Todo el mundo sabe que hay mucho en juego. Si una norma es aprobada y luego no se sigue, el jugador tiene que volver a empezar desde el nivel cero, volviendo a separar el cielo de la tierra, y la luz de la oscuridad, y nadie quiere pasar por el génesis más de una vez.

Como la noche ya está bien avanzada, en estos momentos, Anicka está en el poblado con Oüke, su amigo de la aldea, como acostumbra a hacer cada noche.

Hoy la pequeña está muy alterada, y habla sin parar de todo lo que está pasando en el juego. Dice que muchos niños están acostumbrados a mandar, que han preguntado a sus padres y estos les han dicho que mandar es la cosa más natural del mundo, que es ley de vida, y que, en el mundo, hay que elegir entre si quieres mandar o si quieres ser mandado. Según Anicka, los niños han traído estas ideas de sus padres al vídeojuego, y esto les ha hecho votar en contra de la norma de su mejor amiga del cole, que decía que nadie puede mandar sobre nadie contra su voluntad.

Oüke la escucha con cara de pocos amigos. Está ya un poco harto de oír las historias del Tabula Rasa, y después de mucho pensar, hoy va a proponerle un desafío a su amiga.

Oüke es un niño desamparado, sin familia ni pertenencias de ningún tipo, que sobrevive como puede. Junto con otro niño también huérfano, suele ganar algunos dólares poniendo un tronco fino de árbol a modo de barrera en medio de los caminos y así poder cobrar a los turistas a cambio de pasar al otro lado.

Anicka le cae bien, no está solo con ella porque esté siempre llevándole dinero de su paga o trayéndole cosas para comer. En ocasiones, ha tenido la tentación de robarle el ordenador, él sabe perfectamente que sus padres le comprarán otro al día siguiente, pero siempre que lo ha pensado, ha sentido dentro algo muy feo que le ha impedido hacerlo.

Sin embargo, hoy su complejo de pobre ha podido con él y, lleno de rabia, se ha vuelto contra su amiga:

—Seguro que a ese juego tuyo, tan chulo, no se puede jugar fuera del ordenador.

—¿Fuera del ordenador?

—Si tú y tus amigos del colegio estuvierais en la vida real, ya estaríais todos muertos. Allí seguro que vivís en vuestras mansiones, pero ¿por qué no salís aquí, al mundo real?

—De eso nada, Oüke, no tenemos casas tradicionales porque no tenemos los materiales para hacerlas. Tenemos ramas.

—¿Veeeees? Queréis hacer casas con árboles, ¿dónde se ha visto?

—Hemos preguntado a los ancestros y dicen que la manera más fácil de hacer casas es con árboles.

—¿A quiénes?

Oüke insiste poniéndole peros al juego de su amiga y, finalmente, consigue que esta acepte a jugar con él al Tabula Rasa sin ordenador, en la vida real.

—¿Y dónde vamos a jugar, eh, listo?

—Aquí mismo, en la linde de la plantación.

—Está bien, pero tienes que aceptar las normas que ya tenemos.

—Que sí, pesada.

—Y tienes que darnos tus dos normas y yo le preguntaré a los demás si las aceptan.

—¿Mis normas?

—¡Claaaro!

—Está bien, en nuestro mundo no existirá eso.

Oüke señala la valla que les separa de la plantación de Anicka. Después, piensa un poco y enuncia su segunda norma:

—Y eso será de todos —dice apuntando con el dedo el agua de la acequia de la plantación del padre de Anicka.

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