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marx

Hoy es mi cumpleaños. Hace 1000 años que nací, y gracias al Kapital, aún sigo vivo. Soy inmortal.

Durante los siglos en que estuve muerto, antes de que me resucitaran, todo el mundo hizo lo posible para que no se me olvidara.

La estructura del bien quiso que mi nombre perviviera, y, aún en el siglo XXI, cuando mis huesos eran pura ceniza, se difundían en las recién estrenadas redes sociales camisetas con mi cara estampada y un mensaje que decía: Yo tenía razón y tú lo sabes.

La estructura del mal también hizo todo lo que estuvo en su mano por mantener viva mi memoria, y así poder echar sobre mí toda la mierda del mundo, y aún en el siglo XXII antes de que la revolución invisible tuviera lugar, seguían corriendo informaciones como que si mi mujer era aristócrata, como de que era un vago que no trabajé en mi vida, como de que especulaba en bolsa, como de que mi amigo Engels, que está ahora aquí a mi lado, también vivito y coleando, era un cerdo capitalista…

Aprovechado, vago, fascista, burgués, loco, todo es poco para que a las nuevas generaciones, que todavía en estos siglos nacen con tabula rasa, se les quiten la gana de leerme. Mis libros no están en las bibliotecas públicas y no soy enseñado en las universidades. Quien quiera saber lo que pensé y estudié en su momento, tiene que buscarse las castañas. Aunque paradójicamente, el otro día, al colarme por una puerta del tiempo, pude comprobar que en algunos kioscos de prensa del siglo XX vendían mis obras de segunda mano a un euro. Veintiocho años de mi vida a un euro. Otro insulto más, que colocar sobre la ignonimia. Así es como el necio confunde valor y precio.

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