Totum Revolutium 9: La tertulia del hombre más inteligente del mundo

11/01/01
Guadalupe River,
Texas,
EEUU

He vuelto hacia al momento en que Bildelberg está a punto de suceder.

Estoy tratando de encontrar a Miguel Ángel y, por fin, he conseguido interferir una de sus llamadas telefónicas, la cual me ha traído hasta este rancho, un par de horas antes de que se cometa el atentado.

La tarde está a punto de caer sobre una casita blanca de madera en medio de un rancho. En el salón, un teléfono de color rojo chillón, estilo vintage, empieza a sonar.

Descuelga el teléfono una mujer alta, de unos cuarenta años, negra, esbelta, con un delantal y un vestido de los años cincuenta ajustado a la cintura, almidonado, con mucho vuelo.

—¿Aló?

—¿Eliza?

—¡Miguel Ángel! Qué alegre me he puesto al escuchar tu voz. Esto de las emociones… Lo estoy controlando pero… No es fácil.

—Tú sabrás hacer de ellas el bien más preciado para el hombre. ¿No estará por ahí tu amante esposo?

—Mac Cain no se encuentra en casa. Mi marido está haciendo vida social, mientras yo hago galletas y magdalenas de chocolate. ¿Quieres decirle algo a mi amante esposo?

—Está bien, Eliza. Dile que las cosas van a cambiar y que necesito que esté de mi lado. Si vienes tú también, tráete alguna de esas deliciosas galletas que haces, según Mac Cain, son exquisitas.

—Son exquisitas. El secreto está en hacerlas con mucho amor.

—Bravo, Eliza. Por cierto, ¿no te aburres? Antes tenías un trabajo más…

—No, no me aburro, los seres como yo nunca se aburren de lo que están haciendo aunque lo hagan mil veces.

—Ya, claro… Me alegro de que te sientas tan viva. Un placer haber hablado contigo, bella flor.

Me doy un voltio por la zona, y no tardo en encontrar el lugar de reunión de Mac Cain, que hoy es en la casa de un antiguo coronel médico de la marina de los EEUU.

El salón está ya listo para la asamblea, con unas cuantas sillas formando un corro, y una mesita con folletos en los que pone Bienvenido a la tertulia del hombre más inteligente del mundo. Mac Cain acaba de entrar.

—Pasa, pasa, Mac Cain, ¿qué tomas? ¿Te pongo una cerveza bien fría? Tu vaca ha ganado la feria de este año. Ya me dirás qué le das a la pitusina.

—Aire libre, comida sana y mucho amor. La cepillo durante una hora todos los días y, al hacerlo, mi pensamiento vuela hacia su consciencia. Es entonces cuando intento interpretar sus pensamientos, codificarlos a nuestra manera de ver el mundo, para así poder comprenderla mejor. Lo mismo hago con mi perra, nos pasamos las horas muertas tumbados en el porche, yo acariciándola, ella dormitando, y, de fondo, el leve zumbido del viento del campo. Todos somos animales, incluido yo, que aunque soy un cyborg casado con una robot conservo mi parte animal.

—Lo que está claro es que el amor es la respuesta a la supervivencia del ser humano como especie en la tierra. La colaboración, teniente, y no la competición es lo único que nos puede salvar. Esta frase del hombre más inteligente del mundo, la semana pasada en la tertulia, me ha dado mucho qué pensar. Es por eso que os he traído aquí, a mi hogar. ¿Qué te parece?

—Pues muy bien, qué me va a parecer. Eso del amor ya se lo había oído yo a un buen amigo mío, Miguel Ángel. Dime, ¿vives solo aquí?

—Sí, Mac Cain, las mujeres son muy muy raras.

—Ande, ande, no me hable de mujeres que…

—Nunca logré mantener su atención durante mucho tiempo. No me he casado y no he tenido hijos. De todas formas, nunca lo he echado especialmente de menos. Los médicos, como ya sabrás, somos un género aparte. Y más si se trata de un médico militar como yo. Coge tu cerveza, vamos a la biblioteca, hay algo que quiero enseñarte.

—Guaaaaaau, esto es magnífico. Cuántos ejemplares hay aquí, es inmenso.

—Tengo una biblioteca de medicina de veinticinco mil ejemplares, incluyendo no solo libros, sino revistas científicas y materiales no librarios. Es mi segundo mayor orgullo.

—¿Y el primero?

—Durante las tertulias, cuentas muchas historias… Dices que puedes soñar con el futuro, leer mentes o tener un olfato especial para el secreto y las mentiras. Voy a poner a prueba esas habilidades de las que tanto presumes. Toda biblioteca que se precie esconde un secreto. Obsérvala bien, analízala cuanto quieras y, luego, te reto a que encuentres el libro que nos abrirá la puerta hacia el otro lado.

—Qué jodíos porculo somos los militares, el ocultismo es nuestro deporte favorito. A ver, a ver, déjame que me duerma un rato y sueñe con la solución.

—Tranquilo, tómate tu tiempo, soy un viejo jubilado, paradójicamente, todos los poros de mi piel segregan tiempo.

Mac Cain se duerme un rato. Sueña que la biblioteca es un gran organismo, un cuerpo humano, y que él se encuentra en los intestinos. Unas terminaciones nerviosas le hablan de que hay que llegar al corazón, la puerta que todo lo sabe. Mac Cain comienza a nadar hacia arriba. Al llegar al corazón, una gran cucaracha con el caparazón de oro sale de una de sus mitades.

—¿Qué buscas, ahora, viejo loco? ¿No has tenido ya bastantes aventuras? —escucha una voz en su interior.

—Busco un libro que me muestre la puerta al otro lado, —contesta Mac Cain en sueños.

La voz corre de forma cavernosa por el tejido neuronal artificial de Mac Cain y, antes de apagarse en forma de eco, exclama:

—Busca la música, porque ella expresa la armonía del universo.

Mac Cain se despierta del tirón, levantándose como si nada, y comienza a buscar un libro de música entre la colección. En la parte central izquierda de la biblioteca, sus ojos se detienen ante uno con el lomo de color negro y oro.

¡Voilà! Este es. ¿Cómo te quedas?

Como en las películas, un bloque de estanterías se mueve a modo de puerta giratoria.

—Bravo, Mac Cain, menudo cabronazo que estás hecho.

—¡Pero qué ven mis ojos? Vaya arsenal que tienes aquí montado, coronel. ¿Estás planeando la tercera guerra mundial?

Mac Cain se asoma a una gran sala con ordenadores, mapas, mucho intrumental médico y cientos de pájaros micro-drones, de todos los tamaños y colores.

—Mira esto. Es un periódico español. ¿Lo entiendes?

—Sí, algo sé.

—Yo aprendo español por internet. Quedo con gente que necesita aprender nuestra lengua para encontrar un trabajo mejor y, a cambio, ellos me enseñan la suya. ¿No es genial?

—Sí que lo es. He trabajado mucho en Latinoamérica; a España, he ido unas cuantas veces, tengo amigos que viven allí, estoy familiarizado con la lengua.

—Hace unos años me suscribí a este periódico. Al principio, tardaba un día entero en leer y comprender una noticia, tenía que tirar de diccionario todo el tiempo. Todavía recuerdo la primera noticia que leí. Era de nuestro país. Un hombre había entrado en un banco de Wisconsin con un arma, había apuntado al cajero entre las sienes y le había pedido un dólar. Cuando el cajero se lo dio, el hombre se fue a la sala de espera a esperar a que viniera la policía.

—¿Un dólar? ¿Esperar a la policía? ¿Quién iba a hacer semejante majadería? ¿Eso es verdad, coronel?

—Como se suele decir, tan real como la vida misma. Este hombre se llamaba Frederick, trabajaba desde hacía diecisiete años en una empresa de reparto, y acababa de perder su puesto de trabajo, y, con él, perdió también su seguro médico. Como sufría de una gran enfermedad, había robado el banco para tener derecho a asistencia médica, aunque fuera desde la cárcel.

—Es indignante. ¿Qué va a ser de nosotros? Nuestro país está en manos de depredadores, de alimañas con dólares de oro grabados en las pupilas.

—Yo, en cambio, en mis pupilas tengo un reconocedor de enfermedades. No en vano poseo esta magnífica biblioteca en la que he invertido los momentos más bellos de mi vida. Mira todo este conocimiento, almacenado en mi casa y en mi mente y completamente inútil para el prójimo. Cuando era joven, antes de entrar en el ejército, trabajé durante años en hospitales privados. Ganaba mucho dinero, tanto como el cliente rico de turno estaba dispuesto a pagar por salvar su vida. Yo salvé sus vidas sin saber cuánto valían, o si se lo merecían o no, o si tenían ellos más derecho que otros a ser salvados. Cuando me hice adulto y maduré, fui consciente de cómo funcionaba el mundo, o, al menos, eso creía yo, y entonces me alisté al ejército. No quería salvar vidas por dinero, sino por mi país. Pero, cuando iba a las guerras, entraba en el mismo dilema del pasado, ¿por qué valía más la vida de un norteamericano que la de cualquier otro habitante de la tierra? Y ¿qué había hecho esa pobre gente para sufrir ese daño? ¿Por qué les castigábamos de esa manera?

—Joder, dímelo a mí. Yo he matado a muchos comunistas por medio mundo y todo para nada. Para que se llenen los bolsillos unos cuantos hijos de la gran puta, como siempre digo.

—Ahora estoy jubilado, somos unos viejunos ya, Mac Cain, pero no por ello he dejado nunca de ser un médico de verdad, de valores, de esos que quieren salvar vidas a toda costa.

—¿Y desde aquí salvas vidas, coronel?

—Sí. Tengo un servicio gratuito de asistencia médica por internet. Se llama El médico en casa. ¿Ves este mapa?

—Cómo no lo voy a ver, es enorme.

—Con las banderitas azules señalo a aquellos países en los que he atendido a alguien por internet.

—Hay muchas en la India.

—Sí, allí es donde hago más servicios. Es realmente triste comprobar cómo la gente se muere de infecciones que, con un poco de alcohol, unos cuantos puntos y reposo, se curarían solas. Mis pájaro-drones viajan durante meses, aprovechando las corrientes de los vientos, para llevar material sanitario a mis pacientes en el pico.

—¿Y por qué haces esto?

—Hace tiempo, en este periódico también, leí otra noticia curiosa. Un hombre se dedicaba él solito a construir una catedral para su pueblo, ahí en España. Cuando el periodista le preguntó que por qué lo hacía, él respondió que no lo había pensado claramente y que suponía que era porque le gustaba construir.

—Y a ti te gusta salvar vidas.

—El aburrimiento, a veces y de manera inconsciente, es el motor de las causas más nobles. Yo soy un médico humanista, y haré todo lo posible por liberar el conocimiento médico y también, por qué no, el del arte de la guerra acumulado a lo largo de la historia. La humanidad no será libre hasta que libre sea el acceso a las armas, el derecho de los pueblos a decidir si quieren entrar en guerra, y el derecho al conocimiento para la autocuración.

El timbre de la puerta de la casa suena, y los dos amigos salen de la biblioteca secreta para recibir a los otros integrantes de la tertulia, entre ellos, al hombre más inteligente del mundo, que entra muy alterado, quitándose a duras penas con una mano el traje de chimpancé, ya que trabaja promocionando una marca de patatas fritas en la hamburguesería del pueblo; con la otra mano, el chimpancé viene tirando de la cuerda de un carrito de madera que lleva dentro una televisión muy extraña, hecha por él mismo. Rápidamente, un poco sacado de sus casilllas, se pone a buscar la conexión a las placas solares del coronel. La televisión se enciende y ahí esta: Novedades en el caso Bilderberg.

Impactos: 2

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