Cuidemos al sexo débil

Estoy en el hospital siquiátrico Infanta Elena. En esta época, las grandes obras públicas llevan el nombre de personajes de las zonas más altas de la pirámide social. Cada vez estoy más convencido de que este no es el universo que va a dar origen a nuestro mundo. Es imposible, esto está muy atrasado, y no creo que puedan desligarse nunca del fuerte poder simbólico del dinero. Está ya en sus estructura cognitivas, probablemente, este universo esté condenado a la destrucción, y sea engullido por un agujero negro, para poder crear otra vez, otro más interesante. Aquí desde luego está todo mal.

He dormido fatal. Muy obsesionado por la niña chechena del periódico a la que violan todos los días por dinero. Por eso he acudido aquí, en busca de algún loco que me hable de otros universos a los que viajar, allí donde sí que se vaya a producir el gran salto.

He venido aquí porque en los archivos del clínico he encontrado un expediente de un hombre que dice venir de otro planeta, un planeta que hemos registrado nosotros en la galaxia, y quiero saber si es verdad, o es solo un sueño de su mente.

Me siento a su lado en el césped. Es primavera, hace una tarde preciosa, y he traído una cesta con delicatesen para hacer un picnic.

Agradecido, el hombre unta queso en una hogaza de pan y le da un mordisco que acompaña inmediatamente de una copa de vino. Está disfrutando. Lo siento, me dice, no tengo dinero, gracias por haberlo comprado tú todo. No te preocupes, le respondo. Estoy en deuda contigo. La deuda no existe. En tu planeta, ¿existe la deuda? El hombre pierde la mirada en el horizonte y se dispone a hablar. Estoy impaciente por lo que me pueda decir.

—Érase una vez que se era un mundo en el que el sexo masculino estaba oprimido y denigrado por la mujer. No es que fueran esclavos, hasta allí no llegaba tanto la dominación, pero sí eran mano de obra barata, ciudadanos de segunda categoría, que no podían tomar decisiones por ellos mismos sin una mujer. Tenían prohibido independizarse y debían taparse completamente para ir por la calle, ya que se tenía que evitar en lo posible que otra mujer que no fuera la suya les pudiera ver. A nuestros efectos, no eran dueños de sí mismos, sino de una sociedad dominada por el género femenino y sus intereses.

Como esta tradición llevaba años y años, y siglos y siglos, todo el mundo pensaba, incluso los mismos hombres oprimidos, que así debía ser, que este era el orden natural de las cosas, y que si dios lo dispuso de esta forma, quién era el hombre hombre para cambiarlo, sobre todo porque el hombre hombre, según los textos religiosos, venía de una costilla del hombre mujer, el género que Dios hizo primero. Lógico, dicen, era el género reproductor, según aprendían en el colegio.

En los textos religiosos se cuenta que, al principio, las mujeres podían reproducirse solas, pero que aburridas, le pidieron a Dios un hombre para que le dieran placer sexual. Y, entonces, a Dios se le ocurrió la feliz idea de que la reproducción fuera una cosa de dos, para que así la mujer sintiera respeto por la vida que salió de su costilla.

Las mujeres, por su parte, estaban muy contentas así, porque pensaban que les pertenecía ese poder por derecho propio, ya que ellas eran las que salvaguardaban la continuidad de la especie, y el hombre, inseguro, acomplejado, siempre al margen de lo que pudiera pensar o decir la mujer, se conformaba e inclinaba la cabeza en señal de sumisión tal y como le habían enseñado a hacer desde pequeño.

En estas sociedades, como en todas, existían diferente gradación en las posturas en torno a cómo se debía gestionar, llamémosle así, las relaciones de poder entre los dos géneros. Los sectores más progresistas estaban convencidos de que la situación actual era demasiado injusta, y que dicha injustica, a la larga, crearía descontento en el sector social oprimido y que las mujeres pagarían con crueldad su dominio en el futuro, puesto que la sed de venganza es y sigue siendo el motor de muchas de las acciones colectivas e individuales de la especie humana. En cambio, los sectores conservadores apelaban a la religión y a la tradición para defender esta desigualdad. Bueno, en realidad, lo que decían es que esa desigualdad en realidad no existía, que era una invención de los hombres, y que la mujer trataba bien al hombre, le daba cobijo, comida, etc. Que los hombres tenían acceso a los recursos básicos, etc. y que no existía tal desigualdad, es más, que deberían estar agradecidos de vivir tan bien como lo hacían, y que si no fuera por ellas, ellos nunca habrían existido, por tanto, el hombre debe reverenciar a la mujer, por ser fuente de su propia vida.

En cuanto a la ocupación de puestos más altos, como la política, la economía, la ciencia, la religión, el hombre era considerado como un pobrecito animal que solo servía como banco de esperma para que la especie humana pudiera predominar sobre otras, no tenía capacidad intelectual para aportar realmente algo importante en estos campos, y era por eso que las mujeres se ocupaban de estas labores pertenecientes al terreno de la sabiduría y del conocimiento, liberando al hombre de una tarea para la que cognitivamente, digamos, no estaban preparados, ya que ellos eran más sensibleros, dominados por las emociones todo el tiempo, no eran fríos y calculadores como ellas.

Algunas mujeres abogaban seriamente por la educación de sus maridos. Querían que aprendieran a leer y a escribir, no se sentían satisfechas conviviendo con alguien con quien no pudieran compartir sus intereses intelectuales, que no pudieran participar por falta absoluta de conocimiento sobre la realidad y la historia de una conversación o reflexión o generalización de cualquier tipo mínimamente interesante. Otras mujeres sufrían mucho. Decían que preferían vivir solas antes que estar sometidas a convivir con bestias de carga. Pero, en realidad, este sector era mínimo. La gran mayoría se aferraba a sus amigas o a su entorno laboral a la hora de desarrollar esta necesidad de placer cognitivo que se obtiene mediante la conversación, mientras que en la casa se limitaban a ser atendidas por sus respectivos maridos y a darse la vuelta a la almohada el día que no les apetecía utilizarlos para satisfacer su libido sexual.

Los hombres, mientras, se juntaban con otros hombres, en la plaza del mercado, en el río a lavar la ropa, o en las ciudades a buscar a los niños al colegio, y allí, felices algunos, otros menos, intercambiaban recetas de cocina, trucos de limpieza, y hablaban y hablaban e interpretaban e interpretaban y opinaban y opinaban de esto de lo otro y de lo de más allá con una libertad que perdían al llegar a casa, ya que, como era de esperar, el acceso a la palabra también estaba regido por normas, y al hombre se le tenía impuesto el ideal de que calladito uno está más guapo.

Algunos hombres habían oído hablar a sus antepasados de que en un planeta muy muy muy remoto, muy muy lejano eran los hombres los amos de las mujeres, y que las dominaban hasta el punto de matarlas en el caso de que no hicieran lo que ellos decían. Historias que se transmitían de generación en generación, historias que mantenían el germen de la resistencia al poder dormido, pero transmitido para que en algún momento alguna generación se atreviera a despertarlo. No es que algunas zonas no hubieran sufrido revueltas. Pero habían sido muy fáciles de aplacar. Los hombres, a pesar de que disponían de más fuerza que las mujeres, al contrario que ellas, no habían sido educados en la violencia. No sabían luchar, defenderse, manejar un arma, ellos nunca iban a las guerras. Solo las mujeres aprendían a luchar desde pequeñas. Se pegaban de adolescentes e iban a la guerra de adultas. En las épocas de guerra, la escasez de mujeres era tal, que para mantener las actividades económicas, el país necesitaba sacar a los hombres de sus casas, la esfera privada donde estaban confinados, ya que los lugares públicos eran propios de las mujeres, que controlaban el mundo laboral.

Algunos grupos de mujeres veían en estos cambios sociales motivados por la situación económica un medio de usurpación por parte de los hombres de su poder, y los cogían, desvalidos, sobre todo a los más pobres, a la salida de las fábricas en las que trabajaban casi por el pan que comían los hijos que debían alimentar, y los violaban, los estrangulaban y los abandonaban en un basurero. Centenares de hombres murieron de esta forma tan espantosa en ese tiempo y nadie hizo nada por ellos. Solo una mujer, escritora, denunció esto asesinatos en su obra 9999.

Las mujeres, mientras, estaban preocupadas de su sexualidad. Habían logrado separar su sexualidad de su maternidad. La maternidad era un derecho y una obligación, como el trabajo en vuestras constituciones. Todas las mujeres tenían el derecho de parir independientemente de su condición social, racial, cultural y económica. El estado se ocupaba de todos los gastos que originaba la cría de un bebé. Y toda mujer, porque así la religión lo imponía, tenía la obligación de tener al menos un hijo en toda su vida. La mano de obra para criarlos era barata cuando no gratuita porque eran los hombres los que se encargaban de criar y educar a los hijos fuera del período estipulado de lactancia. Cuando un hombre veía que su hora final se acercaba, él solito se metía en las tumbas que ya estaban cavadas para ellos, y morían en silencio, para no molestar.

Una uva rosa se me ha caído de la boca al escuchar el final de la historia. ¿Me está tomando el pelo, verdad? Pero si es lo mismo que ahora, pero dado la vuelta. El hombre ha tirado una uva al aire y tras comérsela ha dicho. No hay uno sin cero, blanco sin negro, bien sin mal, derecha sin izquierda. Dominante, dominado; dualismo cuántico. Lo que hay aquí, lo hay allí, en el espacio exterior en todas y sus más infinitas posibilidades. Amén, me he dicho. Quiero preguntarte una cosa. Dispara. Me dice. No entiendo, por cierto, la de metáforas que tienen aquí con armas. En fin. Miro para abajo y luego, a sus ojos. Fijamente. ¿Este es el mundo del 2012? Pues claro, ten paciencia. El nuevo mundo está aquí también, pero sólo está invisible a los ojos de los que no quieren ver.

Me levanto y le doy las gracias.

Oye, me dice, no tendrás por ahí algunas monedillas par tabaco. No tengo nada, solo me queda que pedir, hasta que… tú ya sabes… nada de esto sea necesario, y el tabaco no sea veneno.

Me queda claro que lo sabe. Si no no habría hecho el comentario ese comentario sobre el tabaco, tiene que saber que en el futuro el tabaco será gratis y sano.
Archivo \/\&\%\$ antes de la eliminación del dinero, Tempohistoriador \/\&\%\$TGNN

 

Cuidemos al sexo débil

Estoy en el hospital siquiátrico Infanta Elena. En esta época, las grandes obras públicas llevan el nombre de personajes de las zonas más altas de la pirámide social. Cada vez estoy más convencido de que este no es el universo que va a dar origen a nuestro mundo. Es imposible, esto está muy atrasado, y […]

LOS PERROS DE MARTE

Ficha Técnica Título:  Los Perros de Marte Autor:  Anaïs Abbot Años de finalización: 2009 Estado:  Inédito     Impactos: 39

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