La Montaña Viva 2

Nunca fui una exploradora.

Me gustaba mucho más definirme a mí misma como recolectora. Hacerlo así, me permitía no claudicar a mis comodidades y desdeñar una vida, sin duda, llena de riesgos.

Y con esta idea fija permanecí mucho tiempo, hasta que mi hijo desapareció y todas las predefiniciones saltaron por los aires.

Recuerdo que cuando pasó, lo primero que sentí, de forma egoísta, fue ira. Ira porque se me había negado la posibilidad de seguir poseyendo algo que, desde su nacimiento, me correspondía por derecho propio; ira porque se me había arrancado de la entraña algo que siempre había estado a mi alcance; ira por haberme dejado arrastrar por la inercia del banal quehacer diario; ira por no haber sabido calibrar cuánto perdería si me faltaba.

Aunque quizás deba reconocer que en esto tampoco haya sido del todo sincera conmigo misma.

Mirándolo bien, en realidad, sí tenía una idea de la pérdida, pero era un tanto abstracta, creo que, en el fondo, a todo el mundo le pasa.

Pero cuando pasa en la realidad real, uno se da cuenta de que el dolor procede,sobre todo, del fin de los pequeños detalles: de sus charlas ininteligibles, de esas miradas de dependencia, del engorroso sentimiento de preocupación por su salud o de mi afán de protección…

Tampoco están sus primeras conclusiones desprovistas de lógica o de esos cálculos improbables, o de las normas sociales entendidas a su manera, o los asomos de una conducta que habla del futuro de su personalidad…

Cómo no echar en falta el esfuerzo por hacerle reír, a sabiendas de que esa alegría era un camino de ida y vuelta.

Cómo no rememorar el ánimo por minimizar su disgusto, llanto o tristeza, que también se termina colando dentro de ti, tanto como el reproche, la riña obligada, o el castigo, que nos herían a los dos de igual manera…

Y, sin embargo, durante este camino, el tiempo me ha abrazado y, por fin, he podido pensar, pensar profundo, pensar de verdad, como la primera vez que uno respira aire puro.

Y, en ese transcurso, he sabido que mi hijo, en realidad, nunca fue mío, ni tampoco de su padre, ni de nadie; mi hijo solo se pertenecía a él mismo y si hubiere algo que a mí me perteneciera, tanto como a su padre, solamente sería la voluntad obligada de regalarle su vida.

La voluntaria obligación de no tener ninguna excusa para no realizar el máximo esfuerzo, la tentativa más alta, para que él fuese feliz,y fuese autosuficiente y tuviera, sobre todo, confianza en sí mismo.

Ahora, invadida por este amor liberado de apego, el rastro de tierra me conduce a él, estoy segura.

 

La Montaña Viva 1

Me encontraba haciendo mi particular peregrinaje del camino. De forma tosca y cansina, iba traspasando los estadios que me había marcado: largas caminatas por el día, frugales descansos por la noche y, entremedias, mi carga, como único acompañante. Los demás habían decidido escoger el otro sendero, más fácil, que les llevaría a lugares donde el […]

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La Montaña Viva 2

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LA MONTAÑA VIVA

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