Rufiano El Santón

Rufiano el santón, así era como le llamaban en el pueblo, Rufiano el santón, mucho antes de que ocurrieran los hechos y mucho antes casi de que tuviera memoria, o al menos eso le parecía a él, entre el claroscuro de la celda, semideslumbrado por el ancho sol resplandeciente que penetraba en el zulo.

 

Había transcurrido un año casi después del suceso, y nadie había entrado en ese lugar, salvo las ratas que correteaban por la noche sobre sus pies, intentando subir inútilmente a una cama sujeta de la pared por dos finas cadenas.

 

De eso, de las ratas, grandes y peludas, enemigas de la noche, sabía El santón que estaba a salvo, pero no del hambre que le agujereaba día tras día el estómago, ni de la sed que le quemaba la garganta y le hinchaba la lengua como si fuera algodón, hasta no sentirla, aunque, bien mirado, para qué la necesitaba, hablar no servía para menos de nada en esas circunstancias, todo lo que tenía que decir ya estaba dicho, pues tal y como le dijo al abogado la última vez, el tiempo me sobra para decir que soy inocente.

Rufiano el Santón, así era como le llamaban en el pueblo, pero nadie sabría nunca, a tres días de que le dieran garrote, hasta qué punto estaba haciendo honor a su nombre.

La fidelidad al amo es un sentimiento que a uno le inculcan desde chico, se lo meten en la sangre, en el pensamiento y en el respirar si cabe.

El caso es que, pensaba el Santón, nadie le enseña a los pastores ni a los campesinos del lugar ni a leer ni a escribir, pero bien que a cada paso le mientan al amo, al amo se le trata de don, que nunca y bajo ningún concepto se le interrumpe, lleva la contraria, eleva el tono de voz o corrige. Eso significaría no tener temor de dios, se lo decía su padre y se lo corroboraba el cura cada domingo.

Los pobres comen gracias a los ricos, y si estos últimos no existieran los pobres, los desfavorecidos, los que no tienen ni donde caerse muertos se morirían de hambre. Hay que agradecerle al don su compasión para con los desposeídos. Esta es la norma y también la ley del señor, impuesta de arriba abajo, como todo lo que está bien hecho o bien dicho.

En todas estas cosas pensaba Rufiano  el santón el día en que vino don Álvarez de Palacio, el señorito del pueblo, el Estirao para los que no lo oían.

 

[…]

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