Alumbramiento

Mi padre nació en un pequeñito pueblo de sierra de la provincia de Salamanca llamado Lagunilla.

Poco se sabe de sus primeros años, salvo que en el pueblo se le conocía con el nombre de Miguelillo y que ceceaba, que le gustaba ser libre, estar al campo, sentir en bruto la naturaleza y pastorear a las cabras.

También está en la memoria de los mayores el día en que el Miguelillo se perdió, y todo el pueblo tuvo que salir a buscarlo y aún suena en la memoria de los ahora más mayores de la aldea la voz del carnicero retumbando por la ermita, los campos y el arroyo diciendo: Miguelillo, sal, que te juro que no te pego, y que fue entonces cuando nosotros, los hermanos, supimos que la violencia en mi padre no fue cosa de un día para otro, sino que fue una semilla que arraigó en su más tierna infancia y que germinó de forma callada con los años, y que cuando nosotros llegamos al mundo, ese árbol exhibía, exultante y sin conciencia, verdes ramas fuertes en todo esplendor.

Cuando pasó esto mi padre tenía cuatro años, y tía Magdalena, que era la hermana mayor, mordió el polvo, recibiendo una buena paliza por no haber estado al cuidado.

De mayor, mi padre cuenta que simplemente se puso a pasear por el campo, y que se despistó y se quedó dormido en un arroyo. Sin más.


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