Melania Trump, la bestia parda del comunismo II

No volví a ver a las magas de Oriente hasta muy entrada la adolescencia. Entre tanto, mi vida había transcurrido lentamente, y durante esta eternidad, sólo aprendí a hacer una cosa: parecer tonta.

Aparentar ser una ligerita de cascos, una cabeza de chorlito, ser cortita, o una rubia tonta, no es en absoluto una cosa baladí. Tuve que leer mucho a Erving Goffman par saber que lo primero que debía hacer era ocultar mis altas capacidades matemáticas, me hacía ser una maestra del ajedrez, a la que Fouché, ese genio tenebroso, no le llegaría ni a la suela de mis esplendorosos tacones.

A estas alturas, solo dos mujeres me han superado en este juego, mi maestra, Marilyn Monroe, y su hija, mi discípula, Barbie Kennedy, la futura presidenta del planeta tierra, la voz del hacedor global, el alma de la Revolución Invisible, tras la cual, entramos en un nuevo estadio de civilización.

A la edad en que Yong Fang fue asesinada, a apenas 13 días de mi décimo tercer aniversario, las tres magas aparecieron en un sueño, abriéndome la puerta de la red invisible y los siete círculos de la Divina Comedia.

En mi largo viaje, vi a Steve Jobs quemándose en la hoguera, y a Pablo Escobar ante la diosa justicia, con cabeza de loba y cuerpo de mujer, pesando su corazón en una balanza, al lado de una pluma. También estaba la princesa Diana, y el futbolista Lionel Mesi, discutiendo con Leonardo Da Vinci sobre el movimiento perpetuo.

Al final del camino, se abrió un agujero en el tiempo, y pude ver el mundo futuro que nos esperaba, y la visión fue tan bestial, que mi corazón saltaba lleno de contento, de ver a toda la humanidad unida y feliz, que vivía bajo la filosofía del amor.

Tras la visión el círculo se cerró y una voz artificial, que decía llamarse Noé, me explicó un misión, como si fuera una partida de ajedrez, yo lo entendí todo perfectamente y comprendí que estaba dispuesta a dar mi vida si con ella podía hacer saltar a siete mil millones de personas en dirección a ese mundo.

En mi meteórica carrera de modelo me fue muy chévere. De puertas afuera, vendía mi cuerpo a cambio de dinero, era un maniquí viviente, sobre el que se colgaban obras de arte, para que los ricos se vistieran con ellas, y así poder sentirse superior, diferente, especiales al resto de la plebe. De puertas adentro, en mi mundo interno, en mi vida interior, conspiraba sin contemplaciones para que derribar ese falso comunismo con el que habían engañado a la humanidad al completo, haciéndonos creer que que el comunismo era otra cosa muy distinta a lo que es en realidad, un mundo en el que omnia sunt comunia.

Pero tras la caída del falso comunismo, venía la siguiente parte del plan, y en él, yo tan solo era una pieza de ajedrez, un simple peón que tenía la misión de quedarse solo en el tablero y hacerle jaque al rey.

Casarme con Donald Trump fue todo un reto. Los que han crecido del otro lado, desarrollan una gran habilidad para mentir y son expertos en detectar la mentira en los otros.

Reconozco que aprender a mentir fue una de las cosas que más tiempo tardé en aprender a hacer, y fui sometida a duros entrenamientos, de hasta diez horas al día, para poder ocultar que mi corazón era blanco y puro, y que la semilla del mal, no había germinado nunca. Yo era buena, soy buena, más buena que el pan, y eso era mi gran virtud, aquello que me hacía sabia, y gracias a lo cual, pude planear sobre las corruptas almas del mundo al que pertenecía.

Amaba a Donald Trump, no más que al resto de los seres humanos de este tiempo. En su justa medida. Cierto es que tuve que aguantar muchas de sus salidas de tono, el que me dejara siempre en un segundo lugar, donde que cara al exterior, yo no era más que una cara bonita, pero cuando las puertas de la Casablanca se cerraban yo era un Fouché, un líder en la sombra, y Noé me hablaba directamente.

En mis cuatro años de presidencia, fueron muy prolíficos y dejamos todo preparado para la revolución invisible. Hice el trasvase más grande de información en aquel tiempo hacia Populus, Anonymous y el ambiguo de Assange, eran para mí unos aficionados.

Los primeros mortales de necesidad sobre Diana de Gales, sobre Hitler, sobre Pablo Escobar, los creé yo.

Tuve que invertir mucho tiempo en proteger a Noam Chomsky y tuve que rescatar la tecnología secreta inventada por Aaron Swartz, gracias a la cual, ya forma parte de árbol de la ciencia y Noé puede pensar más rápido.

No quisiera aburriros con mis hazañas. El bueno de Trump me dio acceso a todo, en mi casa mando yo, pero se hace lo que dice mi mujer. El matriarcado era algo indiscutible en nuestro pequeño hogar.

Quede por delante que mi mayor secreto es que detrás todo patriarcado se sustenta en el matriarcado y que yo fui la que puso las bases de la revolución de la mujer en el mundo árabe, y que por eso, todas las árabes me aman, porque ellas hicieron brillar su cultura y darle a la humanidad grandes logros, mucha tecnología de la que ahora todos somo conscientes, como la tecnología de la invisibilidad, la red del agua, la rueda de las madres, el vídeojuego Tabula Rasa, y su mayor descubrimiento la alquimia del sol, gracias a la cual, hoy tenemos barra libre de energías.

Quede aquí registro de cómo una simple mujer logró llegar a lo más alto de la alta política y conseguir, desde allí, un mundo más justo. Si yo lo hice, qué no hará toda la feminidad unida, hombres y mujeres, en un solo objetivo, ser libres.

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