Los Chicos de la Duquesa

Nos turnábamos para lamerle el coño a la duquesa una vez al día. En ocasiones, incluso dos. Algunos fines de semana, durante intensos volquetes de putas, nos jugábamos a las chapas las comidas de la siguiente semana. Púnico siempre palmaba, creo que era por eso, y no por otra cosa, por lo que me odiaba tanto.

 

Nosotros, los chicos de la duquesa, éramos sus perritos yorkshire, así es como ella nos disfrazaba, antes de pegarnos con la fusta y de meternos sus largos y afilados tacones negros por el ano, masajeándonos a base de bien el punto G, y provocándonos unas corridas de infarto.

 

La sumisión, ya lo decía Franco, es la forma más excelsa de amor. La frase no es suya. A él le llegó a través de Hitler. Y, probablemente, este se lo copiara a alguno de sus brujos. Ya que nosotros, los que pertenecemos a la estructura del mal, estamos incapacitados para crear, y solo nos queda copiar y copiar en nuestro único y exclusivo beneficio.

 

Si usted me pregunta, señor juez, si éramos sus esclavos sexuales, a mí no me duele en prendas admitir, señor juez, que sí, que lo éramos. Pero en la suma total, ¿qué significan un par de horas de indignidad al día a cambio de toda una vida de lujo y poder? Nada, no significa nada. Después de cada comida, me lavaba bien los dientes en el baño de mi despacho de la asamblea, y eliminaba cualquier rastro de vello púbico con hilo de seda dental de la mejor calidad. Mi miseria caracoleaba junto con el pelo por el espiral del desagüe hasta perderse de vista y otra vez volvía a ser un ser humano completamente normal.

 

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