Lionel Messi, el opio del pueblo

Tal y como dijo Roger en La Revolución de los Invisibles, “la vida es un juego de apariencias”. Y, ahora, a las puertas de la muerte, ya puedo dejar de esconderme. Mi inteligencia, mi bien más preciado, y, sin embargo, mi tesoro más ignorado, ya puede salir a la luz. Así tenía que ser. Pasaré a la historia cuando muera como el tercer mejor jugador del mundo, detrás de Pelé y Maradona. Algunos piensan que superé a Pelé pero no a Maradona, da igual. Ambos están ya muertos y yo lo voy a estar dentro de poco.

 

Mis fans no lo podrían haber soportado. Cuando metía un gol, me paseaba corriendo por todo el campo y observaba cómo esos borderlines me vitoreaban como si yo les hubiera puesto un piso, cuando en el fondo estaba robándoles todo su dinero.

 

Mi club de fútbol invirtió mucho dinero en lavar mi imagen. Apenas sólo unas reminiscencias se colaron en la internet oficial denunciando mi síndrome de Asperger, mi alto coeficiente intelectual, mi superdotación. Pero mi club, enseguida, se apuraba a contrainformar soltando el algoritmo del rumor en las redes sociales que estaban en manos de los faraones, y en seguidita la red se llenaba de textos creados automáticamente, textos falsos, donde se afirmaba y recontra-afirmaba que yo, sí, yo, el gran Lionel Messi, era cortito, corky, infradotado, de poco magín, que diría mi amigo Cervantes, más un largo etecé, etecé y etecé.

 

Todo por mis fans. Ellos se sentían mejor pensando que mi coeficiente intelectual estaba por debajo de la media, y mientras era yo quien les robaba, sin pagarles sus impuestos, empobreciéndoles, haciendo que su salud y su educación y la de sus hijos, la de sus abuelos, sus padres, su familia, sus amigos, fuera una auténtica mierda, mientras, como digo, todo esto sucedía, ellos, sí, ellos, gloriosos, gorgeus, esplendorosos, me aclamaban y, oh, sí, oh, cómo me adoraban, más que al becerro de oro, ellos eran mí me conmigo, y me amaban con el corazón henchido de orgullo, como si mi sangre corriera por sus venas, como si yo fuera su hijo, o mejor dicho, una expansión de ellos mismos, ellos eran mis hijos y yo era su padre, yo, para ellos, era Dios.

 

 

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